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miércoles, 21 de junio de 2017

"LA PLEGARIA DEL BUZO" DE PAPINI






Por Giovanni Papini (Italia, 1881-1956), incluido en
Lo trágico cotidiano (Il tragico quotidiano, 1906)

1

El mismo día en que cumplí dieciocho años mi padre me llamó dulcemente y dijo con la debida gravedad:

-El Señor, Dios, quiere que todo hombre haga, en la tierra, un trabajo. Él no quiere a los que, sentados al borde de los campos, miran la obra de los sembradores y de los labradores. Es preciso, pues, que elijas sin demora un arte que dé a tu vida un sentido y una finalidad. Cualquier de tu elección, te prometo no ponerte obstáculos. Así, pues, decide y habla.

Y yo, que reverenciaba profundamente al Señor, Dios, y obedecía siempre a mi padre, respondí:

-Mi elección está hecha: seré buzo.

Mi padre palideció un poco, pero contestó en seguida:

-¡Hágase tu voluntad!

2

Así, desde aquel día, fui buzo. Durante muchos y largos años he vivido, solitario y en silencio, bajo las grandes aguas. He habitado en todos los mares, he explorado todos los océanos, he descendido a todos los abismos. He encontrado esqueletos de barcos, cuellos de viejas anclas despuntadas, arcones pletóricos de monedas de oro cuyas efigies estaban corroídas por el agua; grandes monstruos luminosos, con enormes ojos blancos, me han iluminado con su resplandor irreal; largos cuerpos verdosos, semejantes a los de las sirenas, me han acariciado; he penetrado en las bocas oscuras de los volcanes sumergidos; he pisado suelos de Atlántidas desaparecidas; he topado con los hinchados cadáveres de los náufragos; me he batido entre los tentáculos de pulpos colosales; he sacado a la luz montones de maravillosas perlas, de extrañas conchas, de árboles fosforescentes, los puñales que arrojaron en la noche los tremebundos homicidas, los anillos de los Dogos y la copa áurea del Rey de Tule…

Llegó, pues, el día en que conocí todas las profundidades marinas, todos los valles de los océanos y todos los golfos más tenebrosos y los tesoros más ocultos. Llegó un día en que estuve impregnado por todos los perfumes salobres y supe todos los ritmos de las olas y todas las sinfonías de las tempestades, y entonces pensé que el Señor, Dios, podía estar ya satisfecho de mi obra y decidí regresar para vivir en mi ciudad, entre los seres terrestres que había dejado desde hacía larguísimos años.

3
Pero, apenas llegué a la ciudad en donde había nacido y en donde quería morir, tuve como una sensación de terrible disgusto y de tormentoso estupor. Ya no reconocía ni amaba todo aquello que había visto de niño. Acostumbrado a las grandes soledades submarinas, iluminadas por reflejos milagrosos y por luces intensas que parecen venir de las profundidades, no podía habituarme a la angosta colmena fangosa que se llama ciudad. El cielo se me antojaba como una especie de extraña prisión, surcada por estrechos y sucios corredores, en los que pequeños animales corrían mirándose cruel o lascivamente. Ruidosas carcajadas móviles se arrastraban por los corredores, llevando dentro a bestezuelas aprisionadas y acurrucadas; el aire pesaba por el humo y el polvo, y pesaba a alientos infectos y a olores sofocantes. Los hombres me daban la idea de condenados a muerte, enloquecidos en la inútil espera de la gracia. Sus caras me resultaban odiosas, como las de los reptiles blanquecinos que deponen sus huevos cerca de las tumbas; sus ojos me parecían vacíos, como si el alma los hubiera abandonado; sus palabras sonaban en mis oídos como cantinelas de mendigos eternamente hambrientos o como gritos descompuestos de águilas a las que están cortando las alas. En sus casas tenebrosas y angostas vi vacijas en que se arrojaban por la noche como si fueran a morir, y mesas cubiertas de restos de cadáveres y de hojas arrancadas brutalmente a la frescura de la tierra. Habían fabricado grandes habitaciones, en donde algunos simulaban amar y morir, moviéndose con vestidos de muchos colores y bordados bajo la luz falsa de lámparas redondas, y grandes salas, en donde algunos de ellos, vestidos grotescamente de negro, simulaban salvar a la patria y al mundo chillando con gran seriedad. Y otras salas, en cuyas paredes estaban colgados pedacitos de tela cubiertos de colores y de líneas, con la intención de hacer soñar un mundo mejor que aquel en que viven.
Pero yo no comprendía, acostumbrado a los deslumbrantes silencios de las profundidades, muchos de sus gestos y muchas de sus palabras. Toda aquella vida, en medio de la cual, sin embargo, había nacido y crecido, me parecía sin significado: vacía, pavorosa, torpe, soez, pútrida, como la de un cubil subterráneo habitado por bestias ciegas, débiles e inmundas. Me parecía haber caído en un pozo habitado por cadáveres ambulantes y hediondos, y por la noche no tenía fuerzas para levantar los ojos, temiendo que de aquel cielo, demasiado ciudadano, hasta las estrellas hubieran huido.
Y yo pensé entre mí: “¿Quién puede haberme reducido a este estado? ¿Quién puede haberme cambiado el alma de tan terrible modo que ahora descubre lo ridículo, lo oscuro y lo feo dondequiera que mire? La ciudad es como yo la dejé de jovencito. Es más, dicen que desde aquel tiempo ha hecho muchos e insignes progresos de todo tipo. ¿Por qué, pues, se presenta ante mí, que vuelvo de los mares, tan extraña y nauseabunda, a mí que, sin embargo, la amé siendo niño con toda el alma y la encontré más bella, más majestuosa y más hospitalaria que ninguna?”
Pero no supe contestar a tales preguntas. Un hombre, que me asistía en aquel terrible estado, me aconsejó que leyera los libros de los médicos del alma y del cuerpo para encontrar el origen y el remedio de aquella que él llamaba, con sincera tristeza, mi alienación.
Y yo leí centenares y millares de libros, día y noche, siempre despierto y siempre ansioso en busca de salud. Pero en ningún libro encontré lo que buscaba. Entonces, encerrado en mi casa paterna, pensé y sufrí durante centenares y millares de horas, siempre despierto y siempre atento a la tremenda ansiedad de la salud. Pero todavía no he encontrado lo que buscaba.
Ahora me dirijo a ti, hombre que estás ante mí con tu malvada sonrisa de verdugo ocioso y con tus ojos que nunca han mirado el cielo; me dirijo a ti, hombre de las precoces e insaciables perversidades y de los secretos bien custodiados, y te ruego, en nombre de la tierra de la que naciste, de la tierra de que te nutres, de la tierra por la que te arrastras, te ruego que me digas por qué no comprendo y no amo la vida de los hombres.
Y, si me contestas, te daré una perla que recogí un día en el valle más fantástico del mar y que ningún ojo, fuera de los míos, ha visto.

martes, 20 de junio de 2017

"EL GUARDAGUJAS" DE JUAN JOSÉ ARREOLA



Texto del escritor mexicano Juan José Arreola (n. 1918, m. 2001), publicado en el año de 1962, junto con otros cuentos. 



El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
-¿Lleva usted poco tiempo en este país?
-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
-Por favor…
-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
-¿Me llevará ese tren a T.?
-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna…
-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted…
-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
-¿Cómo es eso?
-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
-¡Santo Dios!
-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
-¿Y la policía no interviene?
-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?
-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: “Hemos llegado a T.”. Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.
-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
-¿Qué está usted diciendo?
En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
-¿Y eso qué objeto tiene?
-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
-Yo, señor, solo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: “Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
-¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
-¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
-¡X! -contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

viernes, 9 de junio de 2017

LA RISA DEL LABERINTO-PAÍS






Por Carlos Valdés Martín

El Laberinto-país siguió trotando (o deslizando o volando o corriendo que para las criaturas gigantes resulta indistinguible la causa de su desplazamiento) a prudente distancia y escapando (o burlando o desatendiendo que la escala enorme cambia las perspectivas) de los Iracundos, quienes armados de dispositivos arrojadizos y defensivos, corrían sin perder el ánimo y vociferaban: “Esta vez te destruiremos”. Conforme Laberinto-país se mantenía alejado de sus perseguidores, los curiosos que rodeaban la avenida miraban con maledicencia a dichos cazadores modernos, alguno hasta se atrevió a increparlos: “Por eso cobran cantidades y hasta con prestaciones”. Los perseguidores Iracundos sumaban quinientos en cantidad exacta, aunque ese día ya mostraban signos de cansancio, pues esa carrera había comenzado antes del amanecer y Laberinto-país seguía sin señales de menguar su paso.
De pronto surgió un rumor entre los perseguidores que circuló en voz baja, evitando que el contrincante se percatara: “Ya se aproxima a la trampa”. Ellos, los Iracundos, no se movían con tal ingenuidad, mientras fingían dejar que la giganta laberíntica se les adelantara contaban con una trampa preparada desde hacía un año.
Esa trampa era ingeniosa, a no dudarse, y bajo el pavimento se acumuló un subsidio multimillonario y no uno cualquiera, sino miles de millones de monedas fraccionarias; acompañadas de un lubricante gelatinoso, que al subsuelo lo hacía resbaladizo y permitía su dispersión hacia cualquier célula del Laberinto-país. Pero como el dinero no es para desperdiciarse cuando suma millones, se aderezó con una receta trasnacional, de esas tan temidas por los ambientalistas, porque mezclan las peores intenciones de la ingeniería genética y las candidez de la investigación biológica pura; por lo que el Laberinto-país en cada una de sus fracciones supondría que recibía alimento y, por gran trampa, lo ingerido resultaría un veneno para terminar con las ancestrales taras que inflaban su corporeidad.
Debido a su movimiento y agitación continua, sumadas a la dificultad para acercarse, así como por la imposibilidad para atrapar a ningún ejemplar, hasta la fecha resulta difícil describir al Laberinto-país. Los que sienten repulsión (aunque la disfracen de preocupación) lo describen a manera de un Leviatán en movimiento, mixtura de dinosaurio con una bestia bíblica que produce cataclismos. En esa modalidad su mirada es insoportable y el acercamiento exige usar unos lentes oscuros, de preferencia de marca Ray-Van, sumado a la precaución de un libro de Ciencias Sociales bajo el brazo. Hay otros que lo aman sin explicarse el motivo, para ellos su descripción se aproxima a una colección de barro multicolor, con aromas de amanecer; incluso algunos juran haber viajado por entre sus escamas sin haber sufrido daño alguno. Entre los que lo aman algunos juran que existe una fórmula para domesticarlo, pero cuando se les exige pruebas de su afirmación, se despiertan sobresaltados de su siesta en la oficina, rodeados de Godínez que les interrogan sobre los gemidos que proferían durante el sueño. Los soñadores alarmados, lo único que encuentran para justificarse es un rosario con fotografías de los héroes de la patria en colores sepia, que indican la antigüedad de tales afiches.  

A diferencia de otras jornadas tristes, cuando el Laberinto-país esquivó la trampa, oliendo a distancia el peligro; por eso los perseguidores se afanaron en cansarlo, en pasar muchas horas tras su pista, lanzando voces y ocasionales pedradas, a riesgo de que contestara con sus ya legendarios coletazos estilo dinosaurio.
Sabían disimular su tensión los Iracundos mientras se aproximaban al destino, sin embargo, una de sexo femenino, desmayó antes de la cita. Tropezó y la faz tocó el suelo, levantando un ligero polvo, lo cual fue interpretado signo de mal agüero por los demás.
Un instante después de la turbación provocada por el tropezón, el pavimento falso cedió bajo los pies del Laberinto-país y una nubecilla formada por billetes y sustancias tóxico-nutricias se esparció alrededor. Un crujido confirmó lo anhelado y el enorme cuerpo se hundía entre agitaciones.
Muchos comenzaron a gritar de felicidad y los inevitables curiosos se unieron a la hueste de Iracundos, esperando salir en la fotografía de la hora del triunfo. Los más audaces se aproximaron a la orilla de la trampa y una tensión atroz creció en los corazones. La portentosa bestia tragaba a mares los contenidos de dineros y sustancias tóxico-nutricias cual si nunca antes hubiera probado bocado. Los optimistas vieron el triunfo de su estratagema y los pesimistas sospecharon la inutilidad de su veneno. Con retozos horrendos y un cambio de colores en las escamas superiores se notó que el producto generaba algún efecto, que no se hizo esperar más y se abrieron heridas por las coyunturas. Se rumoró que sangraba pero la sustancia iridiscente que brotaba no era fácil de interpretar. Pronto los extremos estaban partidos y separados, aunque los fragmentos no cesaban de moverse. Cada vez acudían más curiosos a mirar el fondo de la trampa y no faltó el listo que corrió apuestas: momios 2 a 1 a que el Laberinto-país no se recupera. Cuestión curiosa, los Iracundos se dividieron entre apuestas contrarias.
Nadie se atrevía a dejar el sitio mientras no cesara la actividad, que las partes del gigante empezaron a moverse con más celeridad y cambiar más rápido de color; volviendo a sus tonos típicos, y hasta recomponerse. Las partes se agitaron con más fuerza e intensidad hasta saciarse de alimento. El catálogo de piezas de rompecabezas separadas en un gesto desafiante se volvió a juntar: el Laberinto-país no había menguando, sino en un par de inexplicables piezas que se resistían a volver al conjunto.
El Laberinto-país gruñó para exigirles a las dos piezas morosas que se reintegraran, pero fue inútil tal regaño que parecía maternal. El Laberinto-país con impaciencia saltó del enorme hoyo de la trampa, brincando por arriba de las cabezas de todos los curiosos. Luego del portentoso salto, pisó la parte lisa de la avenida y guiñó un ojo para retar a los Iracundos; dio media vuelta en dirección del horizonte y abrió la boca para lanzar un sonido evocando la risa de la inmortalidad y la desesperanza en matrimonio momentáneo. Ese ruido risueño sirvió para despertarlos del estado de shock en que habían quedado.
Los Iracundos se dividieron entre quienes salieron corriendo para resolver (o amedrentar o controlar o cazar o desinflar o civilizar… que esta serie de términos tan diversos para este caso aplican alternativamente) al Laberinto-país y quienes bajaron cuidadosamente tras sus dos miembros desprendidos e intoxicados para continuar domesticando (o acosando o descifrando o definiendo o acorralando o educando… que también es una serie de término disímbola pero pertinente). Aunque no hubo intercambio de palabras, desde ese instante los Iracundos se dividieron entre los Consecuentes (que repitieron más de lo mismo por los siguientes siglos) y los Flexibles (acusados por sus nuevos rivales de acomodaticios o un “pantano” según la terminología francesa decimonónica).
Contra las buenas intenciones del bando Flexible y domesticador surgió el rumor de que crecería otro par de Complejidades Indescifrables, con su dúo de futuros dolores de cabeza. Los espectadores imparciales gruñían desconfiando del desenlace:
—Gastarse el presupuesto contra la Pobreza para amamantar tan pingüe e irónico resultado.