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domingo, 23 de septiembre de 2018

"UN COSMOPOLITA EN UN CAFÉ" DE O. HENRY





Presentación: O. Henry fue el seudónimo del escritor, periodista y cuentista estadounidense William Sydney Porter (11 de septiembre de 1862-5 de junio de 1910). Estimado como maestros del relato breve, entre los títulos más recordados Heart of the West (Corazón del Oeste), The Four Million (‘Los cuatro millones’) y Of Cabbages and Kings (‘De coles y reyes’), además se han ampliado muchas ediciones póstumas de cuentos.
La traducción está tomada de https://ciudadseva.com/texto/un-cosmopolita-en-un-cafe/  y corregida en algunos puntos que se indican. El sitio no revela quién fue el traductor original. El breve relato se ambienta en un centro nocturno con música y cerveza, que ahora no se le llamaría un "café". El texto contiene muchas referencias geográficas del mundo y de Norteamérica, con palabras en francés, para contribuir al ambiente cosmopolita. En sus actividades profesionales, O. Henry fue un viajero, trabajó en Honduras durante un tiempo y conoció diversos parajes norteamericanos. 

 
**
                                                                                                            Por O. Henry

A medianoche, el café estaba repleto de gente. Por alguna casualidad, la mesita a la cual estaba yo sentado había escapado a la mirada de los que llegaban, y dos sillas desocupadas, colocadas al lado de ella, extendían sus brazos con hospitalidad mercantil[1] al influjo de los parroquianos.
En ese momento, un cosmopolita se sentó en una de ellas. Me alegré, pues sostengo la teoría de que, desde Adán, no ha existido ningún auténtico ciudadano del mundo. Oímos hablar de ellos y vemos muchas etiquetas extranjeras pegadas en sus equipajes; pero, en lugar de cosmopolitas, hallamos simples viajeros.
Invoco a la consideración de ustedes la escena: las mesas con tabla de mármol; la hilera de asientos en la pared, recubiertos de cuero; los alegres parroquianos; las damas vestidas de media etiqueta, hablando en coro, de exquisito acento, acerca del gusto, la economía, la opulencia o el arte; los garçons[2] diligentes y amantes de las propinas; la música abasteciendo sabiamente a todos con sus incursiones sobre los compositores; la mélange[3] de charlas y risas, y, si usted quiere, la cerveza Wurzburger en los altos conos de vidrio, que se inclinan hacia sus labios como una cereza madura en su rama ante el pico de un grajo ladrón. Un escultor de Mauch Chunk[4] me manifestó que la escena era auténticamente parisiense.
Mi cosmopolita se llamaba E. Rushmore Coglan y de él se sabrá el próximo verano en Coney Island,[5] pues me informó que instalará allí una nueva “atracción” que ofrecerá un benévolo entretenimiento. Y luego su conversación se extendió a lo largo de paralelos de latitud y longitud. Tomó el enorme y redondo mundo en sus manos, por así decirlo, con familiaridad y desprecio, y este no parecía más grande que la semilla de un cerezo en un racimo de uvas en frutero.[6] Habló irrespetuosamente del Ecuador, saltó de continente en continente, se burló de las zonas y fregó los altos mares con la servilleta. Con un ademán, hablaba de cierto bazar en Hyderabad. ¡Puf! Lo llevaba a usted en esquí en Laponia. ¡Pif! Ahora perseguía los infractores, con los kanakas en Kealaikahiki.[7] ¡Pronto! Lo arrastraba a usted a través de un pantano de robles de Arkansas, lo dejaba secar un momento, en las plantas de álcali, en las planicies de su rancho de Idaho; luego lo lanzaba a la sociedad de los archiduques vieneses. De pronto, le hablaba de un resfrío contraído por la brisa de un lago de Chicago y de cómo la vieja Escamila se lo curó en Buenos Aires con una infusión caliente de hierba chuchula. Usted podría haber dirigido una carta al “Señor E. Rushmore Coglan, la Tierra, Sistema Solar, el Universo”, seguro de que se la entregarían.
Yo tenía la certeza de haber encontrado, por fin, el verdadero cosmopolita surgido después de Adán, y escuché su discurso mundial temeroso de descubrir en él la nota local del mero trotamundos.[8] Pero sus opiniones nunca se agitaban ni decaían; era tan imparcial en cuanto a las ciudades, los países y continentes como respecto a los vientos o la gravitación.
Y, mientras E. Rushmore Coglan parloteaba acerca de su pequeño planeta, pensé con alegría en un gran casi cosmopolita que escribió para el mundo y dedicando él mismo esto a Bombay. En un poema dice que hay orgullo y rivalidad entre las ciudades de la tierra y que “los hombres que surgen de ellas comercian de un lado a otro, pero se adhieren a los límites de sus ciudades como el niño a la falda de la madre”. Y, siempre que caminan “por ruidosas calles desconocidas”, recuerdan su ciudad natal “en la forma más leal, tonta y tierna, haciendo de su apenas musitado nombre vínculo sobre vínculo”.[9] Me causó alegría el hecho de haber captado la descripción del señor Kipling. Había encontrado aquí a un hombre que no estaba hecho de polvo; que no tenía mezquinas ostentaciones de suelo nativo o país; que si se jactaba, lo hacía de todo su mundo redondo contra los marcianos y los habitantes de la luna.
La conversación sobre estos temas le fue urgida a E. Rushmore Coglan por la música proveniente en dirección de la tercera esquina de nuestra mesita. Mientras él describía la topografía del ferrocarril siberiano, la orquesta se explayó a través de un potpurrí. El fragmento con que concluía era Dixie y, mientras las regocijantes notas terminaban, fueron casi ahogadas por un ruidoso aplauso surgido de casi todas las mesas.
Vale la pena dedicar un párrafo para decir que esta extraordinaria escena puede atestiguarse cada tarde en numerosos cafés de la ciudad de Nueva York. Toneladas de cerveza han sido consumidas en el desarrollo de teorías que la expliquen. Algunos han conjeturado apresuradamente que todos los sudistas[10] de la ciudad se apresuran a citarse en los cafés al anochecer. Este aplauso de la canción “rebelde” en una ciudad norteña realmente confunde un poco; pero la cuestión no es insoluble. La guerra con España, cosecha generosa durante muchos años de menta y sandías; algunos vencedores de tiro largo en el hipódromo de Nueva Orleáns y los brillantes banquetes ofrecidos por los ciudadanos de Indiana y Kansas, que componen la alta sociedad de Carolina del Norte, han hecho del Sur más bien una “moda” en Manhattan. Su manicura le balbuceará suavemente que el dedo índice de su mano izquierda le recuerda muchísimo al de un caballero de Richmond, Virginia. ¡Oh, sin duda! Pero muchas damas tienen ahora que trabajar… la guerra, usted sabe.
Cuando se estaba ejecutando Dixie, un joven de cabellos negros surgió de algún lado con un grito de guerrilla de Mosby[11] y agitó frenéticamente su sombrero de blando borde. Luego se perdió entre el humo, se dejó caer en la silla desocupada de nuestra mesita y sacó un paquete de cigarrillos.
La velada estaba en el período en que desaparece la reserva. Uno de nosotros mencionó tres Wurzburgers al mozo; el hombre de cabellos obscuros agradeció que lo incluyeran en el pedido, dibujando una sonrisa y efectuando un movimiento de cabeza. Me apresuré a formularle una pregunta, porque deseaba poner a prueba una teoría que había elaborado.
-¿Tendría usted inconveniente -comencé- en decirme de dónde procede…?
El puño de E. Rushmore Coglan golpeó la mesa y el estrépito me sumió en el silencio.[12]
-Discúlpeme -dijo él-, pero esa es una pregunta que no me agrada oír nunca. ¿Qué importa de dónde procede un hombre? ¿Es justo juzgar a un hombre por su dirección postal? Caramba, he visto personas oriundas de Kentucky que odian el whisky; virginianos que no eran descendientes de Pocahontas; indianos que no han escrito una novela; mexicanos que no usan pantalones de terciopelo con dólares de plata cosidos a lo largo de las costuras; ingleses divertidos; yanquis pródigos; sureños impasibles; occidentales estrechos de criterio y neoyorquinos demasiado ocupados para detenerse una hora en la calle a observar un empleado de almacén manco colocando arándanos en bolsas de papel. Dejen que el hombre sea hombre y no le impongan trabas con la etiqueta de ninguna zona.
-Perdóneme -dije-, pero mi curiosidad no era del todo inútil. Conozco el sur, y cuando la banda toca Dixie me agrada observar. Me he formado la idea de que el hombre que aplaude este fragmento con especial vehemencia y ostensible lealtad regional, es invariablemente un nativo de Secaucus, Nueva Jersey, o el distrito comprendido entre Murray Hill Lyceum y el río Harlem, es decir, esta ciudad. Estaba por poner a prueba mi opinión preguntándole a este caballero, cuando usted me interrumpió con su propia… larga teoría debo confesarlo.
El hombre de cabellos obscuros habló y se puso de relieve que su pensamiento se movía también a lo largo de su propia serie de surcos.
-Preriría ser un caracol[13] -dijo misteriosamente-, en la cima de un valle y entonar turalúralú.
Esto, evidentemente, era demasiado obscuro, de manera que me volví hacia Coglan.
-He dado la vuelta al mundo doce veces -dijo-. Conozco un esquimal, de Upernavik, que pide a Cincinati sus corbatas, y he visto un pastor de cabras, en Uruguay, que ganó un premio en un certamen de acertijos de alimentos para desayuno, de Battle Creek.[14] Pagué durante todo el año el alquiler de una habitación en Cairo, Egipto, y otra en Yokohama. Tuve las chinelas esperándome en un salón de té en Shanghai y no me fue necesario decir en qué forma debía cocinar los huevos en Río de Janeiro o Seattle. Es un mundo enormemente pequeño. ¿De qué sirve jactarse de ser del norte o del sur, de la casa solariega del vallecico o de la avenida Euclid, Cleveland; de Pike’s Pike o Fairfax Country, Virginia; de Holligan’s Fíats o cualquier otro sitio? El mundo será mejor cuando dejemos de embobarnos con algún enmohecido pueblo, o con diez acres de pantano, simplemente porque ha dado la casualidad de que hemos nacido allí.
-Parece ser usted un genuino cosmopolita -dije con admiración-. Pero también parece que usted sería capaz de desacreditar el patriotismo.
-Es una reliquia de la edad de piedra -declaró Coglan cálidamente-. Somos todos hermanos: chinos, ingleses, zulúes, patagones y los pobladores de la curva del río Kaw. Algún día todo este orgullo mezquino por una ciudad, un estado, una zona o país desaparecerá y todos seremos ciudadanos del mundo, como debiéramos ser.
-Pero, mientras usted deambula por tierras extranjeras -insistí-, ¿su pensamiento no retrocede hacia algún sitio… algún querido y…
-No; hacia ningún sitio -interrumpió E. R. Coglan de manera impertinente-. El pedazo de materia terrestre, esférico y planetario, ligeramente aplastado en sus polos y conocido como la Tierra, es mi morada. En el extranjero me he encontrado con muchísimos ciudadanos a los que los guiaba algún objetivo. He visto hombres de Chicago navegando, en góndolas, en Venecia, en noches de luna, y fanfarronear por sus canales de desagüe. He conocido a un sureño que, al ser presentado al rey de Inglaterra, le proporcionó, sin pestañear, la información de que su tía abuela, por parte de su madre, estaba relacionada políticamente con los Perkinse de Charleston. Me vinculé a un neoyorquino que fue secuestrado, para obtener un rescate, por unos bandidos afganos. Su familia envió el dinero y el hombre regresó con el agente a Kabul. “¿Afganistán? -le dijeron los nativos por intermedio del intérprete-. Bueno, no es tan lejos, ¿no le parece?” “Oh, no lo sé”, repuso él, y comenzó a hablarles de un cochero de la Sexta Avenida y Broadway. Esas ideas no me agradan. No estoy ligado a nada que no tenga ocho mil millas de diámetro. Anóteme como E. Rushmore Coglan, ciudadano de la esfera terrestre.
Mi cosmopolita me dijo un largo adiós y me dejó, pues creyó ver a un conocido, a través de la charla y el humo. Por consiguiente, quedé con el aspirante a caracol,[15] que fue reducido a bebedor de Wurzburger[16] sin mayor habilidad para expresar sus aspiraciones, para encaramarse, melodioso, en la cima de un valle.
Permanecí reflexionando sobre mi evidente cosmopolita y preguntándome cómo había hecho el poeta para perderlo. Era mi descubrimiento y yo creía en él. ¿Cómo era esto? “Los hombres que surgen de ellos trafican por todas partes, pero adhieren a los límites de sus ciudades como el niño a la falda de su madre.”[17]
No ocurre así con B. Rushmore Coglan. Con todo el mundo para él…
Mis preocupaciones fueron interrumpidas por un tremendo ruido y una discusión, que se produjeron en otra parte del café. Por sobre las cabezas de los parroquianos sentados vi a B. Rushmore Coglan y a otra persona desconocida para mí, trabados en una terrible lucha. Reñían como titanes, entre las mesas; rompíanse los vasos y los hombres Cogían sus sombreros y eran derribados; una trigueña gritó y una rubia comenzó a cantar Teasing (Brulando).
Mi cosmopolita defendía el orgullo y la reputación de la Tierra cuando los mozos se acercaron a ambos combatientes, con su famosa formación de prismas volando, y los echaron, mientras aún se resistían.
Llamé a McCarthy, uno de los garçons franceses, y le pregunté el motivo del conflicto.
-El hombre de corbata roja (era mi cosmopolita) -me repuso-, se enojó a causa de las cosas que el otro tipo decía acerca de los holgazanes callejeros y el abastecimiento de agua del pueblo del que aquel procede.
-Caramba -dije confundido-, ese individuo es un ciudadano del mundo… un cosmopolita… Él…
-Es oriundo de Mattawamkeag,[18] Maine -continuó McCarthy-, según dijo, y no admitía que desprestigiaran ese pueblo. 

NOTAS:

[1] El original inglés “venal” estaba traducido por “mercenaria”, lo cual da un tinte en exceso irónico.
[2] Meseros en francés.
[3] Revoltura en francés.
[4] Pequeño pueblo minero.
[5] El famoso sitio de Nueva York donde se inauguró un parque de diversiones, entonces en su esplendor.
[6] La traducción dejó “table d’hotel”, pero el original que tengo indica “table d’hote” que se especifica como una canasta con variedades. Dice “toronja” donde se indica grapes, y pone el regionalismo desconocido “marasco”.
[7] “kanakas” es una designación para ciertos trabajadores en Polinesia que originalmente solamente se refiería a los hawaianos. Kealaikahiki es una región en Hawaii.
[8] La traducción usa el neologismo globetrotter.
[9] Estas dos citas corresponden a la pluma de Kipling en su dedicatoria a la ciudad de Bombay. “Dedication
To the City of Bombay”.
[10] La traducción traía el error de “budistas”, indicaba “Southerners in town hie themselves”
[11] John Singleton Mosby intrépido coronel de caballería confederado, llamado el Fantasma Gris, mantuvo una última guerrilla en la guerra de secesión, logrando algún golpe espectacular que le dio fama. Luego se reconcilió y fue aceptado en el país reunificado.
[12] Es una interrupción grosera, la pregunta no se le ha dirigido a Rushmore sino al de cabello negó, que no se indica el nombre.
[13] Periwinkle se refiere tanto variedades de yerba silvestre con algunos usos medicinales, al tono azul de su flor, como designa pequeños caracoles marinos; la oscuridad que refiere el relato me hace suponer que es el caracol marino cantando lo que da tal matiz extraño, más que la ascepcion de yerba o al color en sí.
[14] Localidad de Michigan, que hace referencia a una batalla entre colonos e indígenas.
[15] Esta otra frase nos invita a pensar que el periwinckle se refiere más al caracol que sube a una colina, que a la yerba azul que permanece ahí siempre.
[16] El texto califica al personaje nada más con la marca de la cerveza, que no siendo ahora conocida, prefiero indicarlo como bebedor.
[17] Repite la cita de Kipling.
[18] Un pueblo pequeñísimo, dentro del condado de Penobscot, en el norteño estado de Maine, zona boscosa y muy escasamente poblada.

domingo, 1 de julio de 2018

NÉMESIS Y EL VENDEDOR DE CARAMELOS







NÉMESIS[1] Y EL VENDEDOR DE CARAMELOS 

De O. Henry  (William Sydney Porter)


 
Texto procedente del sitio Ciudad Seva, con notas, modificaciones y correcciones de Carlos Valdés Martín:


-Zarpamos mañana por la mañana, a las ocho, en el Celtic[2] -dijo Honoria, quitándose una hebra de su manga de encaje.
-Ya me lo han dicho -declaró el joven Ives, lanzando el sombrero al aire sin lograr volver a atraparlo-, y por eso he venido a desearte un feliz viaje.
-Supongo que te lo habrán dicho por ahí -dijo Honoria con gélida dulzura-, porque yo, desde luego, no he tenido ocasión de informarte personalmente.
Ives la miró suplicante, pero sin esperanza.
De la calle llegó una voz aguda que entonaba, no sin cierta musicalidad, una cancioncilla comercial:
-¡Carameeeelos! ¡Riquíííísimos caramelos recién hechos!
-Es nuestro viejo vendedor de caramelos -dijo Honoria, asomándose a la ventana y llamándolo por señas-. Quiero comprarle unos cuantos «besitos» de esos con verso. En las tiendas de Broadway no son ni la mitad de buenos.
El vendedor de caramelos detuvo el carrito frente a la vieja casa de Madison Avenue. Tenía un aire festivo infrecuente en los vendedores ambulantes. Llevaba una corbata nueva de color rojo vivo con un alfiler en forma de herradura casi de tamaño natural, que lanzaba engañosos destellos desde los pliegues de la tela. Su oscuro y tostado rostro se arrugaba formando una sonrisa medio estúpida. Unos puños rayados con gemelos en forma de cabeza de perro cubrían la piel morena de sus muñecas.
-Debe de estar a punto de casarse -dijo Honoria con tristeza-. Nunca lo había visto vestido así. Y hoy es la primera vez en muchos meses que se ha puesto a vocear la mercancía, estoy segura.
Ives lanzó una moneda a la acera. El vendedor de caramelos conoce bien a sus clientes. Llenó una bolsa de papel, subió la anticuada escalinata y se la entregó.
-Me acuerdo de cuando… -empezó Ives.
-Espera un momento -ordenó Honoria.
Y sacó una pequeña carpeta del cajón del escritorio, y de la carpeta una finísima hojita de papel de cuatro centímetros de largo por medio de ancho.
-Esto -dijo Honoria con voz inflexible- es con lo que iba envuelto el primer caramelo que abrimos.
-Hace un año de esto -alegó Ives con tono de disculpa, al tiempo que alargaba la mano para cogerlo.
Y leyó en la hojita lo siguiente:
Mientras el cielo siga azul
conmigo, amor, seguirás tú.
-Habíamos planeado zarpar hace quince días -dijo Honoria con tono de reproche-. El verano ha sido tórrido. La ciudad está medio desierta. No hay ningún sitio a dónde ir. Aunque me han dicho que hay uno o dos bailes al aire libre que están divertidos. Parece ser que sus atracciones han calado hondo en más de uno.
Ives no se inmutó. Cuando uno está en el ring, no le sorprende que el adversario le pegue en las costillas.[3]
-Aquel día -dijo Ives con poco tacto- seguí al vendedor de caramelos y le di cinco dólares al llegar a la esquina de Broadway.
Cogió la bolsita de papel, que Honoria se había colocado en el regazo, sacó uno de los cuadrados caramelos y quitó lentamente el papel que lo envolvía.
-El padre de Sara Chillingworth -explicó Honoria- le acaba de regalar un automóvil.[4]
-Lee esto -pidió Ives, alargándole el papel del caramelo recién desenvuelto:
Del arte de vivir la vida es dueña
y el amor a perdonar nos enseña.
Las mejillas de Honoria se pusieron rojas como la grana.
-¡Honoria! -exclamó Ives, levantándose de un salto de la silla.
-Miss Clinton -corrigió Honoria, emergiendo como Venus entre la espuma de las olas-. Ya te advertí que no volvieras a pronunciar ese nombre.
-Honoria -repitió Ives-, tienes que escucharme. Ya sé que no merezco tu perdón, pero he de conseguirlo. En ocasiones nos vemos poseídos por una locura de la que no es responsable lo mejor de nosotros mismos. Arrojo al viento todo lo que no seas tú. Rompo las cadenas que me han tenido preso. Renuncio a la sirena que me alejó de ti con malas artes. Permite que ese verso de vendedor ambulante te suplique en mi nombre. Eres la única a quien puedo amar. Deja que tu amor perdone, y yo te juro que el mío seguirá contigo «mientras el cielo siga azul». 

***
Al oeste de Manhattan, entre la Sexta y la Séptima Avenida, un callejón se abre en la mitad de la manzana y muere en un pequeño patio en el centro de la misma. Es un barrio de gente de teatro, y sus habitantes son la espuma de media docena de naciones. El ambiente es bohemio, el idioma políglota, el entorno miserable.
El vendedor de caramelos vivía en el patio, al final del callejón. A las siete en punto empujaba su carrito por la estrecha entrada, lo apoyaba sobre las irregulares losetas de piedra y se sentaba en una de sus barras para refrescarse. Por aquel callejón pasaba una fresca corriente de aire.
Había una ventana justo encima del lugar donde siempre se sentaba. En el frescor de la tarde, mademoiselle Adèle, atracción principal de Aerial Roof Garden,[5] uno de los bailes al aire libre, se sentaba junto a la ventana a tomar el aire. Solía dejar caer su hermosa mata de pelo castaño rojizo, para que la brisa tuviese la dicha de ayudar a Sidonie, la doncella, en la tarea de secarlo y airearlo. Llevaba un pañuelo de color heliotropo colocado muy flojo alrededor de los hombros, que eran la parte de su anatomía más explotada por los fotógrafos. Llevaba los brazos desnudos hasta el codo, y aunque no había allí escultores para extasiarse con ellos, ni las estólidas paredes de ladrillo del callejón habrían sido tan insensatas como para no darles su aprobación. Mientras permanecía allí sentada, Felice, otra de sus doncellas, bañaba y ungía aquellos pequeños pies que tanto fascinaban con sus guiños a la audiencia nocturna del Aerial.
Paulatinamente, mademoiselle empezó a percibir la presencia del vendedor de caramelos que se paraba bajo su ventana para enjugarse la frente y refrescarse un poco. En manos de sus doncellas se encontraba temporalmente apartada de su profesión: el fascinante y obligatorio carro del hombre. A mademoiselle le molestaba perder el tiempo. Allí estaba el vendedor de caramelos y aunque, ciertamente, no era la presa más adecuada para sus dardos, pertenecía al sexo contra el cual ella había nacido para luchar.
Después de lanzarle miradas de indiferente frialdad una docena de veces, una tarde se desheló de repente y derramó sobre él una sonrisa que hizo ruborizarse a los caramelos del carrito.
-Vendedor de caramelos -dijo con voz acariciadora, mientras Sidonie la seguía en su impulsivo arrebato sin dejar de cepillar su espesa cabellera caoba-, ¿no crees que hoy soy hermosa?
El vendedor de caramelos se rió con aspereza y miró hacia arriba con su fina mandíbula apretada, al tiempo que se secaba la frente con un pañuelo azul y rojo.
-Valdría usted para la portada de una revista masculina -dijo a regañadientes-. Guapa o no, es cosa de ellos. Ese no es mi estilo. Si lo que anda buscando son cumplidos, vaya a cualquier otro sitio entre las nueve y las doce. Me parece que va a llover.
Es cierto que un vendedor de caramelos no es mucho más fascinante que ponerse a cazar conejos en medio de una espesa nevada, pero el cazador tiene el corazón muy grande. Mademoiselle cogió un gran mechón de pelo de entre las manos de Sidonie y lo dejó caer por la ventana.
-Óyeme bien, vendedor de caramelos, ¿tienes una novia en algún sitio con un pelo tan largo y suave como éste? ¿Y con los brazos tan redondeados?
Alargó un brazo por el alféizar de la ventana como Galatea después del milagro.[6]
El vendedor de caramelos soltó una risita chillona y se puso a recoger unos cuantos caramelos de mantequilla y azúcar moreno que se le habían caído al suelo.
-¡Esfúmate! -dijo con vulgaridad-. No tiene nada que hacer con esas armas. Soy demasiado listo para dejarme engatusar por un mechón de pelo y un brazo recién untado de crema. Supongo que estará usted muy bien en el escenario, con cantidad de polvos y maquillaje encima, mientras la orquesta toca «Bajo el viejo manzano». Pero no se le ocurra ponerse el sombrero y correr escaleras abajo para venirse conmigo a la iglesita de la esquina. Ya he tenido que lidiar en otras ocasiones con cajas de tinte y maquillaje. Y ahora, bromas aparte, ¿no cree que va a llover?
-Vendedor de caramelos -insistió mademoiselle con suavidad, curvando los labios y formando un hoyuelo en la barbilla-, ¿no me encuentras bonita?
El hombre hizo una mueca.
-Ahorrando dinero, ¿no es así? -dijo-. Debe de ser muy rentable eso de hacerse la publicidad uno mismo. Yo fumo, pero no he visto nunca su faz en ninguna caja de cigarros de cinco centavos. De todas formas haría falta que saliera una nueva marca de mujer para lograr conquistarme. Las conozco desde las peinetas hasta los cordones de los zapatos. Dame un buen día de ventas y un filete con cebolla a las siete, y una pipa y un periódico de la tarde al volver aquí al patio, y no me inmutaré ni aunque la mismísima Lillian Russel me guiñe el ojo, con su perdón.
Mademoiselle hizo un puchero.
-Vendedor de caramelos -dijo suave y profundamente-, aun así me dirás que soy hermosa. Todos los hombres lo hacen y tú no serás menos.
El vendedor de caramelos se rió y vació la pipa.
-Bueno -contestó-, tengo que marcharme. Estoy leyendo un relato que viene en el periódico. Hay unos hombres buscando un tesoro en el mar, y los piratas los espían desde detrás de los arrecifes. Y no hay una sola mujer por tierra, mar o aire. Buenas noches.
Y se fue callejón adelante, empujando su carrito de regreso al húmedo patio donde vivía.
Asombrosamente para aquel que no conozca las mujeres, mademoiselle se sentaba todos los días junto a la ventana y lanzaba sus redes a su ignominiosa presa. En una ocasión estuvo esperando a un caballero de altos vuelos durante media hora en la salita de espera, mientras se dedicaba a bombardear en vano la ruda filosofía del vendedor de caramelos. Su áspera risa hería su vanidad en lo más profundo. Todos los días se sentaba en su carrito a recibir la brisa del callejón mientras a ella le arreglaban el pelo, y diariamente las flechas de su belleza rebotaban contra su duro pecho tan despuntadas como ineficaces. Un resentimiento de despecho encendía sus ojos. Con el orgullo herido, le lanzaba miradas que habrían elevado al séptimo cielo a sus más devotos admiradores. Los duros ojos del vendedor de caramelos la miraban con una mal disimulada burla que acabó por impulsarla a usar la flecha más afilada del carcaj de su belleza.
Una tarde se apoyó en el alféizar, y no se dedicó a desafiarle ni a torturarle como otras veces.
-Vendedor de caramelos -dijo-, ponte de pie y mírame a los ojos.
El hombre se puso de pie y la miró a los ojos, con su áspera risa resonando como una aserradora. Se quitó la pipa de la boca, jugueteó un poco con ella y se la volvió a meter en el bolsillo con mano temblorosa.
-Ya basta -dijo mademoiselle con una sonrisa lenta-. Ahora tengo que marcharme a la sesión de masaje. Buenas noches.
La tarde siguiente, a las siete en punto, el vendedor de caramelos apareció y apoyó su carrito bajo la ventana. Pero ¿era realmente el vendedor de caramelos? Su corbata era de un rojo rabioso y la llevaba adornada por un reluciente alfiler de corbata en forma de herradura casi de tamaño natural. Los zapatos estaban recién lustrados; el moreno de sus mejillas había palidecido y se había lavado las manos. La ventana estaba vacía y esperó allí con la nariz vuelta hacia arriba, como un perro esperando un hueso.
Finalmente apareció mademoiselle, con Sidonie sujetando su mata de pelo. Miró al vendedor de caramelos y sonrió, una lenta sonrisa que se desvaneció hasta convertirse en aburrimiento. Supo al instante que la presa estaba ya en el bote, e inmediatamente se sintió hastiada de aquella cacería. Empezó a hablar con Sidonie.
-Ha hecho un día magnífico -dijo el vendedor de caramelos con voz profunda-. Es la primera vez en un mes que me he sentido de primera. Me he recorrido Madison de arriba para abajo voceando la mercancía como antaño. ¿Cree que lloverá mañana?
Mademoiselle rodeó con ambos brazos el cojín que tenía en el alféizar de la ventana y apoyó sobre ellos su barbilla con hoyuelo.
-Vendedor de caramelos -dijo suavemente-, ¿no me amas?
El hombre se puso de pie y se apoyó contra el muro de ladrillo.
-Señora -dijo jadeando-, tengo ochocientos dólares ahorrados. ¿Dije que no eras hermosa? Tómalo, tómalo todo entero y compra con ello una correa para tu perro.
Un sonido como el de cien campanas de plata se oyó en la habitación de mademoiselle. La risa invadió el callejón y resonó en el patio de atrás, y aquel eco resultó allí tan ajeno como la mismísima luz del sol. Mademoiselle estaba divertida. Sidonie, su sabio eco, añadió una voz de contralto tan fiel como sepulcral. La risa de ambas pareció al fin penetrar al vendedor de caramelos. Empezó a juguetear con el alfiler de corbata. Al fin, mademoiselle, exhausta, volvió su bello rostro arrebolado hacia la ventana.
-Vendedor de caramelos -dijo-, márchate. Cuando me río, Sidonie me tira del pelo. Y no puedo hacer otra cosa si sigues ahí.
-Aquí hay una nota para mademoiselle -dijo Felice, acercándose en aquel momento a la ventana.
-No es justo -dijo el vendedor de caramelos, levantando las barras de su carrito y alejándose con él.
Se había desplazado unos cuantos metros, cuando se detuvo. Una serie de gritos agudos salieron de la ventana de mademoiselle. Regresó a toda prisa. Oyó el ruido de un cuerpo que caía al suelo y el sonido de unos tacones que parecían patalear sobre él.
-¿Qué pasa? -gritó.
El rostro severo de Sidonie se asomó a la ventana.
-Mademoiselle ha recibido malas noticias -dijo-. Aquel a quien ella amaba con toda el alma se ha marchado. Habrá usted oído hablar de él, se trata de monsieur Ives. Zarpa mañana en un barco hacia el otro lado del océano. ¡Ay, cómo son ustedes los hombres!

Notas: 


[1] Se refiere a Némesis la diosa griega de la venganza, entendida como justicia distributiva.
[2] A fines del siglo XIX y principios del XX se vivió el auge de los viajes trasatlánticos de lujo, donde viajaban las familias de alta sociedad.; tal fue el caso del Titanic.
[3] A principios del siglo XX en Norteamérica el boxeo había adquirido proporción de espectáculo de masas, convirtiendo a los campeones en ídolos populares.
[4] La compra de automóviles a principio del siglo XX era un signo distintivo del mayor lujo, exclusivo de la alta sociedad.
[5] Indica un protagonismo de una estrella de espectáculos audaz y noctámbula, un objeto femenino del deseo, en boga por esos años.
[6] Referencia a la del mito de Pigmalión quien produjo una estatua femenina perfecta y se convirtió en su amada Galatea; el milagro es la conversión del mármol en mujer, según el relato de las Metamorfosis de Ovidio. Hay otro personaje griego, con una ninfa de trágico destino, la de La fábula de Polifemo y Galatea que cantó Calderón de la Barca.