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domingo, 23 de septiembre de 2018

"UN COSMOPOLITA EN UN CAFÉ" DE O. HENRY





Presentación: O. Henry fue el seudónimo del escritor, periodista y cuentista estadounidense William Sydney Porter (11 de septiembre de 1862-5 de junio de 1910). Estimado como maestros del relato breve, entre los títulos más recordados Heart of the West (Corazón del Oeste), The Four Million (‘Los cuatro millones’) y Of Cabbages and Kings (‘De coles y reyes’), además se han ampliado muchas ediciones póstumas de cuentos.
La traducción está tomada de https://ciudadseva.com/texto/un-cosmopolita-en-un-cafe/  y corregida en algunos puntos que se indican. El sitio no revela quién fue el traductor original. El breve relato se ambienta en un centro nocturno con música y cerveza, que ahora no se le llamaría un "café". El texto contiene muchas referencias geográficas del mundo y de Norteamérica, con palabras en francés, para contribuir al ambiente cosmopolita. En sus actividades profesionales, O. Henry fue un viajero, trabajó en Honduras durante un tiempo y conoció diversos parajes norteamericanos. 

 
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                                                                                                            Por O. Henry

A medianoche, el café estaba repleto de gente. Por alguna casualidad, la mesita a la cual estaba yo sentado había escapado a la mirada de los que llegaban, y dos sillas desocupadas, colocadas al lado de ella, extendían sus brazos con hospitalidad mercantil[1] al influjo de los parroquianos.
En ese momento, un cosmopolita se sentó en una de ellas. Me alegré, pues sostengo la teoría de que, desde Adán, no ha existido ningún auténtico ciudadano del mundo. Oímos hablar de ellos y vemos muchas etiquetas extranjeras pegadas en sus equipajes; pero, en lugar de cosmopolitas, hallamos simples viajeros.
Invoco a la consideración de ustedes la escena: las mesas con tabla de mármol; la hilera de asientos en la pared, recubiertos de cuero; los alegres parroquianos; las damas vestidas de media etiqueta, hablando en coro, de exquisito acento, acerca del gusto, la economía, la opulencia o el arte; los garçons[2] diligentes y amantes de las propinas; la música abasteciendo sabiamente a todos con sus incursiones sobre los compositores; la mélange[3] de charlas y risas, y, si usted quiere, la cerveza Wurzburger en los altos conos de vidrio, que se inclinan hacia sus labios como una cereza madura en su rama ante el pico de un grajo ladrón. Un escultor de Mauch Chunk[4] me manifestó que la escena era auténticamente parisiense.
Mi cosmopolita se llamaba E. Rushmore Coglan y de él se sabrá el próximo verano en Coney Island,[5] pues me informó que instalará allí una nueva “atracción” que ofrecerá un benévolo entretenimiento. Y luego su conversación se extendió a lo largo de paralelos de latitud y longitud. Tomó el enorme y redondo mundo en sus manos, por así decirlo, con familiaridad y desprecio, y este no parecía más grande que la semilla de un cerezo en un racimo de uvas en frutero.[6] Habló irrespetuosamente del Ecuador, saltó de continente en continente, se burló de las zonas y fregó los altos mares con la servilleta. Con un ademán, hablaba de cierto bazar en Hyderabad. ¡Puf! Lo llevaba a usted en esquí en Laponia. ¡Pif! Ahora perseguía los infractores, con los kanakas en Kealaikahiki.[7] ¡Pronto! Lo arrastraba a usted a través de un pantano de robles de Arkansas, lo dejaba secar un momento, en las plantas de álcali, en las planicies de su rancho de Idaho; luego lo lanzaba a la sociedad de los archiduques vieneses. De pronto, le hablaba de un resfrío contraído por la brisa de un lago de Chicago y de cómo la vieja Escamila se lo curó en Buenos Aires con una infusión caliente de hierba chuchula. Usted podría haber dirigido una carta al “Señor E. Rushmore Coglan, la Tierra, Sistema Solar, el Universo”, seguro de que se la entregarían.
Yo tenía la certeza de haber encontrado, por fin, el verdadero cosmopolita surgido después de Adán, y escuché su discurso mundial temeroso de descubrir en él la nota local del mero trotamundos.[8] Pero sus opiniones nunca se agitaban ni decaían; era tan imparcial en cuanto a las ciudades, los países y continentes como respecto a los vientos o la gravitación.
Y, mientras E. Rushmore Coglan parloteaba acerca de su pequeño planeta, pensé con alegría en un gran casi cosmopolita que escribió para el mundo y dedicando él mismo esto a Bombay. En un poema dice que hay orgullo y rivalidad entre las ciudades de la tierra y que “los hombres que surgen de ellas comercian de un lado a otro, pero se adhieren a los límites de sus ciudades como el niño a la falda de la madre”. Y, siempre que caminan “por ruidosas calles desconocidas”, recuerdan su ciudad natal “en la forma más leal, tonta y tierna, haciendo de su apenas musitado nombre vínculo sobre vínculo”.[9] Me causó alegría el hecho de haber captado la descripción del señor Kipling. Había encontrado aquí a un hombre que no estaba hecho de polvo; que no tenía mezquinas ostentaciones de suelo nativo o país; que si se jactaba, lo hacía de todo su mundo redondo contra los marcianos y los habitantes de la luna.
La conversación sobre estos temas le fue urgida a E. Rushmore Coglan por la música proveniente en dirección de la tercera esquina de nuestra mesita. Mientras él describía la topografía del ferrocarril siberiano, la orquesta se explayó a través de un potpurrí. El fragmento con que concluía era Dixie y, mientras las regocijantes notas terminaban, fueron casi ahogadas por un ruidoso aplauso surgido de casi todas las mesas.
Vale la pena dedicar un párrafo para decir que esta extraordinaria escena puede atestiguarse cada tarde en numerosos cafés de la ciudad de Nueva York. Toneladas de cerveza han sido consumidas en el desarrollo de teorías que la expliquen. Algunos han conjeturado apresuradamente que todos los sudistas[10] de la ciudad se apresuran a citarse en los cafés al anochecer. Este aplauso de la canción “rebelde” en una ciudad norteña realmente confunde un poco; pero la cuestión no es insoluble. La guerra con España, cosecha generosa durante muchos años de menta y sandías; algunos vencedores de tiro largo en el hipódromo de Nueva Orleáns y los brillantes banquetes ofrecidos por los ciudadanos de Indiana y Kansas, que componen la alta sociedad de Carolina del Norte, han hecho del Sur más bien una “moda” en Manhattan. Su manicura le balbuceará suavemente que el dedo índice de su mano izquierda le recuerda muchísimo al de un caballero de Richmond, Virginia. ¡Oh, sin duda! Pero muchas damas tienen ahora que trabajar… la guerra, usted sabe.
Cuando se estaba ejecutando Dixie, un joven de cabellos negros surgió de algún lado con un grito de guerrilla de Mosby[11] y agitó frenéticamente su sombrero de blando borde. Luego se perdió entre el humo, se dejó caer en la silla desocupada de nuestra mesita y sacó un paquete de cigarrillos.
La velada estaba en el período en que desaparece la reserva. Uno de nosotros mencionó tres Wurzburgers al mozo; el hombre de cabellos obscuros agradeció que lo incluyeran en el pedido, dibujando una sonrisa y efectuando un movimiento de cabeza. Me apresuré a formularle una pregunta, porque deseaba poner a prueba una teoría que había elaborado.
-¿Tendría usted inconveniente -comencé- en decirme de dónde procede…?
El puño de E. Rushmore Coglan golpeó la mesa y el estrépito me sumió en el silencio.[12]
-Discúlpeme -dijo él-, pero esa es una pregunta que no me agrada oír nunca. ¿Qué importa de dónde procede un hombre? ¿Es justo juzgar a un hombre por su dirección postal? Caramba, he visto personas oriundas de Kentucky que odian el whisky; virginianos que no eran descendientes de Pocahontas; indianos que no han escrito una novela; mexicanos que no usan pantalones de terciopelo con dólares de plata cosidos a lo largo de las costuras; ingleses divertidos; yanquis pródigos; sureños impasibles; occidentales estrechos de criterio y neoyorquinos demasiado ocupados para detenerse una hora en la calle a observar un empleado de almacén manco colocando arándanos en bolsas de papel. Dejen que el hombre sea hombre y no le impongan trabas con la etiqueta de ninguna zona.
-Perdóneme -dije-, pero mi curiosidad no era del todo inútil. Conozco el sur, y cuando la banda toca Dixie me agrada observar. Me he formado la idea de que el hombre que aplaude este fragmento con especial vehemencia y ostensible lealtad regional, es invariablemente un nativo de Secaucus, Nueva Jersey, o el distrito comprendido entre Murray Hill Lyceum y el río Harlem, es decir, esta ciudad. Estaba por poner a prueba mi opinión preguntándole a este caballero, cuando usted me interrumpió con su propia… larga teoría debo confesarlo.
El hombre de cabellos obscuros habló y se puso de relieve que su pensamiento se movía también a lo largo de su propia serie de surcos.
-Preriría ser un caracol[13] -dijo misteriosamente-, en la cima de un valle y entonar turalúralú.
Esto, evidentemente, era demasiado obscuro, de manera que me volví hacia Coglan.
-He dado la vuelta al mundo doce veces -dijo-. Conozco un esquimal, de Upernavik, que pide a Cincinati sus corbatas, y he visto un pastor de cabras, en Uruguay, que ganó un premio en un certamen de acertijos de alimentos para desayuno, de Battle Creek.[14] Pagué durante todo el año el alquiler de una habitación en Cairo, Egipto, y otra en Yokohama. Tuve las chinelas esperándome en un salón de té en Shanghai y no me fue necesario decir en qué forma debía cocinar los huevos en Río de Janeiro o Seattle. Es un mundo enormemente pequeño. ¿De qué sirve jactarse de ser del norte o del sur, de la casa solariega del vallecico o de la avenida Euclid, Cleveland; de Pike’s Pike o Fairfax Country, Virginia; de Holligan’s Fíats o cualquier otro sitio? El mundo será mejor cuando dejemos de embobarnos con algún enmohecido pueblo, o con diez acres de pantano, simplemente porque ha dado la casualidad de que hemos nacido allí.
-Parece ser usted un genuino cosmopolita -dije con admiración-. Pero también parece que usted sería capaz de desacreditar el patriotismo.
-Es una reliquia de la edad de piedra -declaró Coglan cálidamente-. Somos todos hermanos: chinos, ingleses, zulúes, patagones y los pobladores de la curva del río Kaw. Algún día todo este orgullo mezquino por una ciudad, un estado, una zona o país desaparecerá y todos seremos ciudadanos del mundo, como debiéramos ser.
-Pero, mientras usted deambula por tierras extranjeras -insistí-, ¿su pensamiento no retrocede hacia algún sitio… algún querido y…
-No; hacia ningún sitio -interrumpió E. R. Coglan de manera impertinente-. El pedazo de materia terrestre, esférico y planetario, ligeramente aplastado en sus polos y conocido como la Tierra, es mi morada. En el extranjero me he encontrado con muchísimos ciudadanos a los que los guiaba algún objetivo. He visto hombres de Chicago navegando, en góndolas, en Venecia, en noches de luna, y fanfarronear por sus canales de desagüe. He conocido a un sureño que, al ser presentado al rey de Inglaterra, le proporcionó, sin pestañear, la información de que su tía abuela, por parte de su madre, estaba relacionada políticamente con los Perkinse de Charleston. Me vinculé a un neoyorquino que fue secuestrado, para obtener un rescate, por unos bandidos afganos. Su familia envió el dinero y el hombre regresó con el agente a Kabul. “¿Afganistán? -le dijeron los nativos por intermedio del intérprete-. Bueno, no es tan lejos, ¿no le parece?” “Oh, no lo sé”, repuso él, y comenzó a hablarles de un cochero de la Sexta Avenida y Broadway. Esas ideas no me agradan. No estoy ligado a nada que no tenga ocho mil millas de diámetro. Anóteme como E. Rushmore Coglan, ciudadano de la esfera terrestre.
Mi cosmopolita me dijo un largo adiós y me dejó, pues creyó ver a un conocido, a través de la charla y el humo. Por consiguiente, quedé con el aspirante a caracol,[15] que fue reducido a bebedor de Wurzburger[16] sin mayor habilidad para expresar sus aspiraciones, para encaramarse, melodioso, en la cima de un valle.
Permanecí reflexionando sobre mi evidente cosmopolita y preguntándome cómo había hecho el poeta para perderlo. Era mi descubrimiento y yo creía en él. ¿Cómo era esto? “Los hombres que surgen de ellos trafican por todas partes, pero adhieren a los límites de sus ciudades como el niño a la falda de su madre.”[17]
No ocurre así con B. Rushmore Coglan. Con todo el mundo para él…
Mis preocupaciones fueron interrumpidas por un tremendo ruido y una discusión, que se produjeron en otra parte del café. Por sobre las cabezas de los parroquianos sentados vi a B. Rushmore Coglan y a otra persona desconocida para mí, trabados en una terrible lucha. Reñían como titanes, entre las mesas; rompíanse los vasos y los hombres Cogían sus sombreros y eran derribados; una trigueña gritó y una rubia comenzó a cantar Teasing (Brulando).
Mi cosmopolita defendía el orgullo y la reputación de la Tierra cuando los mozos se acercaron a ambos combatientes, con su famosa formación de prismas volando, y los echaron, mientras aún se resistían.
Llamé a McCarthy, uno de los garçons franceses, y le pregunté el motivo del conflicto.
-El hombre de corbata roja (era mi cosmopolita) -me repuso-, se enojó a causa de las cosas que el otro tipo decía acerca de los holgazanes callejeros y el abastecimiento de agua del pueblo del que aquel procede.
-Caramba -dije confundido-, ese individuo es un ciudadano del mundo… un cosmopolita… Él…
-Es oriundo de Mattawamkeag,[18] Maine -continuó McCarthy-, según dijo, y no admitía que desprestigiaran ese pueblo. 

NOTAS:

[1] El original inglés “venal” estaba traducido por “mercenaria”, lo cual da un tinte en exceso irónico.
[2] Meseros en francés.
[3] Revoltura en francés.
[4] Pequeño pueblo minero.
[5] El famoso sitio de Nueva York donde se inauguró un parque de diversiones, entonces en su esplendor.
[6] La traducción dejó “table d’hotel”, pero el original que tengo indica “table d’hote” que se especifica como una canasta con variedades. Dice “toronja” donde se indica grapes, y pone el regionalismo desconocido “marasco”.
[7] “kanakas” es una designación para ciertos trabajadores en Polinesia que originalmente solamente se refiería a los hawaianos. Kealaikahiki es una región en Hawaii.
[8] La traducción usa el neologismo globetrotter.
[9] Estas dos citas corresponden a la pluma de Kipling en su dedicatoria a la ciudad de Bombay. “Dedication
To the City of Bombay”.
[10] La traducción traía el error de “budistas”, indicaba “Southerners in town hie themselves”
[11] John Singleton Mosby intrépido coronel de caballería confederado, llamado el Fantasma Gris, mantuvo una última guerrilla en la guerra de secesión, logrando algún golpe espectacular que le dio fama. Luego se reconcilió y fue aceptado en el país reunificado.
[12] Es una interrupción grosera, la pregunta no se le ha dirigido a Rushmore sino al de cabello negó, que no se indica el nombre.
[13] Periwinkle se refiere tanto variedades de yerba silvestre con algunos usos medicinales, al tono azul de su flor, como designa pequeños caracoles marinos; la oscuridad que refiere el relato me hace suponer que es el caracol marino cantando lo que da tal matiz extraño, más que la ascepcion de yerba o al color en sí.
[14] Localidad de Michigan, que hace referencia a una batalla entre colonos e indígenas.
[15] Esta otra frase nos invita a pensar que el periwinckle se refiere más al caracol que sube a una colina, que a la yerba azul que permanece ahí siempre.
[16] El texto califica al personaje nada más con la marca de la cerveza, que no siendo ahora conocida, prefiero indicarlo como bebedor.
[17] Repite la cita de Kipling.
[18] Un pueblo pequeñísimo, dentro del condado de Penobscot, en el norteño estado de Maine, zona boscosa y muy escasamente poblada.

domingo, 26 de agosto de 2018

LA ÚLTIMA VISITA DEL CABALLERO ENFERMO DE GIOVANNI PAPINI






Este cuento de Giovanni Papini posee un encanto adicional cuando suponemos que inspiró al relato magistral “Ruinas circulares” de Jorge Luis Borges. Asimismo, la referencia al autor del retrato rotulado "Caballero Enfermo" es histórica, pero la opinión especializada ha desplazado la autoría del cuadro de Piombo al Tiziano, en una obra que resguarda en Museo Uffizi de Florencia.

*** 

Nadie supo jamás el verdadero nombre de aquel a quien todos llamaban el Caballero Enfermo. No ha quedado de él, después de su impensada desaparición, más que el recuerdo de sus sonrisas y un retrato de Sebastiano del Piombo[1] que lo representa envuelto en una pelliza, con una mano enguantada que cae blandamente como la de un ser dormido. Algunos de los que más lo quisieron -yo estoy entre esos pocos- recuerda también su cutis de un pálido amarillo, transparente, la ligereza casi femenina de los pasos y la languidez habitual de los ojos.
Era, verdaderamente, un sembrador de espanto. Su presencia daba un color fantástico a las cosas más sencillas; cuando su mano tocaba algún objeto, parecía que éste ingresara al mundo de los sueños... Nadie le preguntó nunca cuál era su enfermedad y por qué no se cuidaba. Vivía andando siempre, sin detenerse, día y noche. Nadie supo nunca dónde estaba su casa, nadie le conoció padres o hermanos. Apareció un día en la ciudad y, después de algunos años, otro día, desapareció.
La víspera de este día, a primera hora de la mañana, cuando apenas el cielo empezaba a iluminarse, vino a despertarme a mi cuarto. Sentí la caricia de su guante sobre mi frente y lo vi ante mí, con la sonrisa que parecía el recuerdo de una sonrisa y los ojos más extraviados que de costumbre. Me di cuenta, a causa del enrojecimiento de los párpados, que había pasado toda la noche velando y que debía haber esperado la aurora con gran ansiedad porque sus manos temblaban y todo su cuerpo parecía presa de fiebre.
-¿Qué le pasa?-le pregunté-. ¿Su enfermedad lo hace sufrir más que otros días?
-¿Mi enfermedad? -respondió-. ¿Usted cree, como todos, que yo tengo una enfermedad? ¿Que se trata de una enfermedad mía? ¿Por qué no decir que yo soy una enfermedad? Nada me pertenece. ¡Pero yo soy de alguien y hay alguien a quien pertenezco!
Estaba acostumbrado a sus extraños discursos y por eso no le contesté. Se acercó a mi cama y me tocó otra vez la frente con su guante.
-No tiene usted ningún rastro de fiebre -continuó diciéndome-, está usted perfectamente sano y tranquilo. Puedo, pues, decirle algo que tal vez lo espantará; puedo decirle quién soy. Escúcheme con atención, se lo ruego, porque tal vez no podré repetirle las mismas cosas y es, sin embargo, necesario que las diga al menos una vez.
Al decir esto se tumbó en un sillón y continuó con voz más alta:
-No soy un hombre real. No soy un hombre como los otros, un hombre con huesos y músculos, un hombre generado por hombres. Yo soy -y quiero decirlo a pesar de que tal vez no quiera creerme- yo no soy más que la figura de un sueño. Una imagen de Shakespeare es, con respecto a mí, literal y trágicamente exacta: ¡yo soy de la misma sustancia de que están hechos los sueños! Existo porque hay uno que me sueña, hay uno que duerme y sueña y me ve obrar y vivir y moverme y en este momento sueña que yo digo todo esto. Cuando ese uno empezó a soñarme, yo empecé a existir; cuando se despierte cesaré de existir. Yo soy una imaginación, una creación, un huésped de sus largas fantasías nocturnas. El sueño de este uno es tan intenso que me ha hecho visible incluso a los hombres que están despiertos. Pero el mundo de la vigilia no es el mío. Mi verdadera vida es la que discurre lentamente en el alma de mi durmiente creador.
"No se figure que hablo con enigmas o por medio de símbolos. Lo que le digo es la verdad, la sencilla y tremenda verdad.

"Ser el actor de un sueño no es lo que más me atormenta. Hay poetas que han dicho que la vida de los hombres es la sombra de un sueño y hay filósofos que han sugerido que la realidad es una alucinación. En cambio yo estoy preocupado por otra idea. ¿Quién es el que sueña? ¿Quién es ese uno, ese desconocido ser que me ha hecho surgir de repente y que al despertarse me borrará? ¡Cuántas veces pienso en ese dueño mío que duerme, en ese creador mío! Sus sueños deben ser tan vivos y tan profundos que pueden proyectar sus imágenes hasta hacerlas aparecer como cosas reales. Tal vez el mundo entero no es más que el producto de un entrecruzarse de sueños de seres semejantes a él. Pero no quiero generalizar. Me basta la tremenda seguridad de ser yo la imaginaria criatura de un vasto soñador.

"¿Quién es? Tal es la pregunta que me agita desde que descubrí la materia de que estoy hecho. Usted comprende la importancia que tiene para mí este problema. De su respuesta depende mi destino. Los personajes de los sueños disfrutan de una libertad bastante amplia y por eso mi vida no está determinada del todo por mi origen sino también por mi albedrío. En los primeros tiempos me espantaba pensar que bastaba la más pequeña cosa para despertarlo, es decir, para aniquilarme. Un grito, un rumor, podían precipitarme en la nada. Temblaba a cada momento ante la idea de hacer algo que pudiera ofenderlo, asustarlo, y por lo tanto, despertarlo. Imaginé durante algún tiempo que era una especie de divinidad evangélica y procuré llevar la más virtuosa vida del mundo. En otro momento creí que estaba en el sueño de un sabio y pasé largas noches velando, inclinado sobre los números de las estrellas y las medidas del mundo y la composición de los mortales.

"Finalmente me sentí cansado y humillado al pensar que debía servir de espectáculo a ese dueño desconocido e incognosible. Comprendí que esta ficción de vida no valía tanta bajeza. Anhelé ardientemente lo que antes me causaba horror, esto es, que despertara. Traté de llenar mi vida con espectáculos horribles, que lo despertaran. Todo lo he intentado para obtener el reposo de la aniquilación, todo lo he puesto en obra para interrumpir esta triste comedia de mi vida aparente, para destruir esta ridícula larva de vida que me hace semejante a los hombres. No dejé de cometer ningún delito, ninguna cosa mala me fue ignorada, ningún terror me hizo retroceder. Me parece que aquel que me sueña no se espanta de lo que hace temblar a los demás hombres. O disfruta con la visión de lo más horrible o no le da importancia y no se asusta. Hasta hoy no he conseguido despertarlo y debo arrastrar esta innoble vida, irreal y servil.

"¿Quién me liberará, pues, de mi soñador? ¿Cuándo despuntará el alba que lo llamará a su trabajo? ¿Cuándo sonará la campana, cuándo cantará el gallo, cuándo gritará la voz que debe despertarlo? Espero  hace tiempo mi liberación. Espero con tanto deseo el fin de este sueño, del que soy una parte tan monótona.

"Lo que hago en este momento es la última tentativa. Le digo a mi soñador que yo soy un sueño, quiero que él sueñe que sueña. Esto pasa también a los hombres. ¿No es verdad? ¿No ocurre que se despiertan cuando se dan cuenta de que sueñan? Por esto he venido a verlo y le he hablado y desearía que mi soñador se diese cuenta en este momento de que yo no existo como hombre real y entonces dejaré de existir, hasta como imagen irreal. ¿Cree que lo conseguiré? ¿Cree que a fuerza de repetirlo y de gritarlo despertaré sobresaltado a mi propietario invisible?"

Al pronunciar estas palabras, el Caballero Enfermo se quitaba y se ponía el guante de la mano izquierda. Parecía esperar de un momento a otro algo maravilloso y atroz.

-¿Cree usted que miento? -dijo-. ¿Por qué no puedo desaparecer, por qué no tengo libertad para concluir? ¿Soy tal vez parte de un sueño que no acabará nunca? ¿El sueño de un eterno soñador? Consuéleme un poco, sugiérame alguna estratagema, alguna intriga, algún fraude que me suprima. ¿No tiene piedad de este aburrido espectro?

Como yo seguía callado, él me miró y se puso en pie. Me pareció mucho más alto que antes y observé que su piel era un poco diáfana. Se veía que sufría enormemente. Su cuerpo se agitaba, como un animal que trata de escurrirse de una red. La mano enguantada estrechó la mía; fue la última vez. Murmurando algo en voz baja, salió de mi cuarto y sólo uno ha podido verlo desde entonces.


 NOTAS:


[1] Nota CVM: El retrato “El hombre enfermo” pintura de 1514 se había atribuido a Sebastián Piombo, finalmente hoy se asume que el autor es Tiziano. En el cuento la referencia a esta pintura es clara e inequívoca, por la piel amarilla con la pelliza y los guantes correspondiendo a la descripción del cuadro. El cuadro lo resguarda el Museo Uffizi de Florencia.