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domingo, 1 de julio de 2018

NÉMESIS Y EL VENDEDOR DE CARAMELOS







NÉMESIS[1] Y EL VENDEDOR DE CARAMELOS 

De O. Henry  (William Sydney Porter)


 
Texto procedente del sitio Ciudad Seva, con notas, modificaciones y correcciones de Carlos Valdés Martín:


-Zarpamos mañana por la mañana, a las ocho, en el Celtic[2] -dijo Honoria, quitándose una hebra de su manga de encaje.
-Ya me lo han dicho -declaró el joven Ives, lanzando el sombrero al aire sin lograr volver a atraparlo-, y por eso he venido a desearte un feliz viaje.
-Supongo que te lo habrán dicho por ahí -dijo Honoria con gélida dulzura-, porque yo, desde luego, no he tenido ocasión de informarte personalmente.
Ives la miró suplicante, pero sin esperanza.
De la calle llegó una voz aguda que entonaba, no sin cierta musicalidad, una cancioncilla comercial:
-¡Carameeeelos! ¡Riquíííísimos caramelos recién hechos!
-Es nuestro viejo vendedor de caramelos -dijo Honoria, asomándose a la ventana y llamándolo por señas-. Quiero comprarle unos cuantos «besitos» de esos con verso. En las tiendas de Broadway no son ni la mitad de buenos.
El vendedor de caramelos detuvo el carrito frente a la vieja casa de Madison Avenue. Tenía un aire festivo infrecuente en los vendedores ambulantes. Llevaba una corbata nueva de color rojo vivo con un alfiler en forma de herradura casi de tamaño natural, que lanzaba engañosos destellos desde los pliegues de la tela. Su oscuro y tostado rostro se arrugaba formando una sonrisa medio estúpida. Unos puños rayados con gemelos en forma de cabeza de perro cubrían la piel morena de sus muñecas.
-Debe de estar a punto de casarse -dijo Honoria con tristeza-. Nunca lo había visto vestido así. Y hoy es la primera vez en muchos meses que se ha puesto a vocear la mercancía, estoy segura.
Ives lanzó una moneda a la acera. El vendedor de caramelos conoce bien a sus clientes. Llenó una bolsa de papel, subió la anticuada escalinata y se la entregó.
-Me acuerdo de cuando… -empezó Ives.
-Espera un momento -ordenó Honoria.
Y sacó una pequeña carpeta del cajón del escritorio, y de la carpeta una finísima hojita de papel de cuatro centímetros de largo por medio de ancho.
-Esto -dijo Honoria con voz inflexible- es con lo que iba envuelto el primer caramelo que abrimos.
-Hace un año de esto -alegó Ives con tono de disculpa, al tiempo que alargaba la mano para cogerlo.
Y leyó en la hojita lo siguiente:
Mientras el cielo siga azul
conmigo, amor, seguirás tú.
-Habíamos planeado zarpar hace quince días -dijo Honoria con tono de reproche-. El verano ha sido tórrido. La ciudad está medio desierta. No hay ningún sitio a dónde ir. Aunque me han dicho que hay uno o dos bailes al aire libre que están divertidos. Parece ser que sus atracciones han calado hondo en más de uno.
Ives no se inmutó. Cuando uno está en el ring, no le sorprende que el adversario le pegue en las costillas.[3]
-Aquel día -dijo Ives con poco tacto- seguí al vendedor de caramelos y le di cinco dólares al llegar a la esquina de Broadway.
Cogió la bolsita de papel, que Honoria se había colocado en el regazo, sacó uno de los cuadrados caramelos y quitó lentamente el papel que lo envolvía.
-El padre de Sara Chillingworth -explicó Honoria- le acaba de regalar un automóvil.[4]
-Lee esto -pidió Ives, alargándole el papel del caramelo recién desenvuelto:
Del arte de vivir la vida es dueña
y el amor a perdonar nos enseña.
Las mejillas de Honoria se pusieron rojas como la grana.
-¡Honoria! -exclamó Ives, levantándose de un salto de la silla.
-Miss Clinton -corrigió Honoria, emergiendo como Venus entre la espuma de las olas-. Ya te advertí que no volvieras a pronunciar ese nombre.
-Honoria -repitió Ives-, tienes que escucharme. Ya sé que no merezco tu perdón, pero he de conseguirlo. En ocasiones nos vemos poseídos por una locura de la que no es responsable lo mejor de nosotros mismos. Arrojo al viento todo lo que no seas tú. Rompo las cadenas que me han tenido preso. Renuncio a la sirena que me alejó de ti con malas artes. Permite que ese verso de vendedor ambulante te suplique en mi nombre. Eres la única a quien puedo amar. Deja que tu amor perdone, y yo te juro que el mío seguirá contigo «mientras el cielo siga azul». 

***
Al oeste de Manhattan, entre la Sexta y la Séptima Avenida, un callejón se abre en la mitad de la manzana y muere en un pequeño patio en el centro de la misma. Es un barrio de gente de teatro, y sus habitantes son la espuma de media docena de naciones. El ambiente es bohemio, el idioma políglota, el entorno miserable.
El vendedor de caramelos vivía en el patio, al final del callejón. A las siete en punto empujaba su carrito por la estrecha entrada, lo apoyaba sobre las irregulares losetas de piedra y se sentaba en una de sus barras para refrescarse. Por aquel callejón pasaba una fresca corriente de aire.
Había una ventana justo encima del lugar donde siempre se sentaba. En el frescor de la tarde, mademoiselle Adèle, atracción principal de Aerial Roof Garden,[5] uno de los bailes al aire libre, se sentaba junto a la ventana a tomar el aire. Solía dejar caer su hermosa mata de pelo castaño rojizo, para que la brisa tuviese la dicha de ayudar a Sidonie, la doncella, en la tarea de secarlo y airearlo. Llevaba un pañuelo de color heliotropo colocado muy flojo alrededor de los hombros, que eran la parte de su anatomía más explotada por los fotógrafos. Llevaba los brazos desnudos hasta el codo, y aunque no había allí escultores para extasiarse con ellos, ni las estólidas paredes de ladrillo del callejón habrían sido tan insensatas como para no darles su aprobación. Mientras permanecía allí sentada, Felice, otra de sus doncellas, bañaba y ungía aquellos pequeños pies que tanto fascinaban con sus guiños a la audiencia nocturna del Aerial.
Paulatinamente, mademoiselle empezó a percibir la presencia del vendedor de caramelos que se paraba bajo su ventana para enjugarse la frente y refrescarse un poco. En manos de sus doncellas se encontraba temporalmente apartada de su profesión: el fascinante y obligatorio carro del hombre. A mademoiselle le molestaba perder el tiempo. Allí estaba el vendedor de caramelos y aunque, ciertamente, no era la presa más adecuada para sus dardos, pertenecía al sexo contra el cual ella había nacido para luchar.
Después de lanzarle miradas de indiferente frialdad una docena de veces, una tarde se desheló de repente y derramó sobre él una sonrisa que hizo ruborizarse a los caramelos del carrito.
-Vendedor de caramelos -dijo con voz acariciadora, mientras Sidonie la seguía en su impulsivo arrebato sin dejar de cepillar su espesa cabellera caoba-, ¿no crees que hoy soy hermosa?
El vendedor de caramelos se rió con aspereza y miró hacia arriba con su fina mandíbula apretada, al tiempo que se secaba la frente con un pañuelo azul y rojo.
-Valdría usted para la portada de una revista masculina -dijo a regañadientes-. Guapa o no, es cosa de ellos. Ese no es mi estilo. Si lo que anda buscando son cumplidos, vaya a cualquier otro sitio entre las nueve y las doce. Me parece que va a llover.
Es cierto que un vendedor de caramelos no es mucho más fascinante que ponerse a cazar conejos en medio de una espesa nevada, pero el cazador tiene el corazón muy grande. Mademoiselle cogió un gran mechón de pelo de entre las manos de Sidonie y lo dejó caer por la ventana.
-Óyeme bien, vendedor de caramelos, ¿tienes una novia en algún sitio con un pelo tan largo y suave como éste? ¿Y con los brazos tan redondeados?
Alargó un brazo por el alféizar de la ventana como Galatea después del milagro.[6]
El vendedor de caramelos soltó una risita chillona y se puso a recoger unos cuantos caramelos de mantequilla y azúcar moreno que se le habían caído al suelo.
-¡Esfúmate! -dijo con vulgaridad-. No tiene nada que hacer con esas armas. Soy demasiado listo para dejarme engatusar por un mechón de pelo y un brazo recién untado de crema. Supongo que estará usted muy bien en el escenario, con cantidad de polvos y maquillaje encima, mientras la orquesta toca «Bajo el viejo manzano». Pero no se le ocurra ponerse el sombrero y correr escaleras abajo para venirse conmigo a la iglesita de la esquina. Ya he tenido que lidiar en otras ocasiones con cajas de tinte y maquillaje. Y ahora, bromas aparte, ¿no cree que va a llover?
-Vendedor de caramelos -insistió mademoiselle con suavidad, curvando los labios y formando un hoyuelo en la barbilla-, ¿no me encuentras bonita?
El hombre hizo una mueca.
-Ahorrando dinero, ¿no es así? -dijo-. Debe de ser muy rentable eso de hacerse la publicidad uno mismo. Yo fumo, pero no he visto nunca su faz en ninguna caja de cigarros de cinco centavos. De todas formas haría falta que saliera una nueva marca de mujer para lograr conquistarme. Las conozco desde las peinetas hasta los cordones de los zapatos. Dame un buen día de ventas y un filete con cebolla a las siete, y una pipa y un periódico de la tarde al volver aquí al patio, y no me inmutaré ni aunque la mismísima Lillian Russel me guiñe el ojo, con su perdón.
Mademoiselle hizo un puchero.
-Vendedor de caramelos -dijo suave y profundamente-, aun así me dirás que soy hermosa. Todos los hombres lo hacen y tú no serás menos.
El vendedor de caramelos se rió y vació la pipa.
-Bueno -contestó-, tengo que marcharme. Estoy leyendo un relato que viene en el periódico. Hay unos hombres buscando un tesoro en el mar, y los piratas los espían desde detrás de los arrecifes. Y no hay una sola mujer por tierra, mar o aire. Buenas noches.
Y se fue callejón adelante, empujando su carrito de regreso al húmedo patio donde vivía.
Asombrosamente para aquel que no conozca las mujeres, mademoiselle se sentaba todos los días junto a la ventana y lanzaba sus redes a su ignominiosa presa. En una ocasión estuvo esperando a un caballero de altos vuelos durante media hora en la salita de espera, mientras se dedicaba a bombardear en vano la ruda filosofía del vendedor de caramelos. Su áspera risa hería su vanidad en lo más profundo. Todos los días se sentaba en su carrito a recibir la brisa del callejón mientras a ella le arreglaban el pelo, y diariamente las flechas de su belleza rebotaban contra su duro pecho tan despuntadas como ineficaces. Un resentimiento de despecho encendía sus ojos. Con el orgullo herido, le lanzaba miradas que habrían elevado al séptimo cielo a sus más devotos admiradores. Los duros ojos del vendedor de caramelos la miraban con una mal disimulada burla que acabó por impulsarla a usar la flecha más afilada del carcaj de su belleza.
Una tarde se apoyó en el alféizar, y no se dedicó a desafiarle ni a torturarle como otras veces.
-Vendedor de caramelos -dijo-, ponte de pie y mírame a los ojos.
El hombre se puso de pie y la miró a los ojos, con su áspera risa resonando como una aserradora. Se quitó la pipa de la boca, jugueteó un poco con ella y se la volvió a meter en el bolsillo con mano temblorosa.
-Ya basta -dijo mademoiselle con una sonrisa lenta-. Ahora tengo que marcharme a la sesión de masaje. Buenas noches.
La tarde siguiente, a las siete en punto, el vendedor de caramelos apareció y apoyó su carrito bajo la ventana. Pero ¿era realmente el vendedor de caramelos? Su corbata era de un rojo rabioso y la llevaba adornada por un reluciente alfiler de corbata en forma de herradura casi de tamaño natural. Los zapatos estaban recién lustrados; el moreno de sus mejillas había palidecido y se había lavado las manos. La ventana estaba vacía y esperó allí con la nariz vuelta hacia arriba, como un perro esperando un hueso.
Finalmente apareció mademoiselle, con Sidonie sujetando su mata de pelo. Miró al vendedor de caramelos y sonrió, una lenta sonrisa que se desvaneció hasta convertirse en aburrimiento. Supo al instante que la presa estaba ya en el bote, e inmediatamente se sintió hastiada de aquella cacería. Empezó a hablar con Sidonie.
-Ha hecho un día magnífico -dijo el vendedor de caramelos con voz profunda-. Es la primera vez en un mes que me he sentido de primera. Me he recorrido Madison de arriba para abajo voceando la mercancía como antaño. ¿Cree que lloverá mañana?
Mademoiselle rodeó con ambos brazos el cojín que tenía en el alféizar de la ventana y apoyó sobre ellos su barbilla con hoyuelo.
-Vendedor de caramelos -dijo suavemente-, ¿no me amas?
El hombre se puso de pie y se apoyó contra el muro de ladrillo.
-Señora -dijo jadeando-, tengo ochocientos dólares ahorrados. ¿Dije que no eras hermosa? Tómalo, tómalo todo entero y compra con ello una correa para tu perro.
Un sonido como el de cien campanas de plata se oyó en la habitación de mademoiselle. La risa invadió el callejón y resonó en el patio de atrás, y aquel eco resultó allí tan ajeno como la mismísima luz del sol. Mademoiselle estaba divertida. Sidonie, su sabio eco, añadió una voz de contralto tan fiel como sepulcral. La risa de ambas pareció al fin penetrar al vendedor de caramelos. Empezó a juguetear con el alfiler de corbata. Al fin, mademoiselle, exhausta, volvió su bello rostro arrebolado hacia la ventana.
-Vendedor de caramelos -dijo-, márchate. Cuando me río, Sidonie me tira del pelo. Y no puedo hacer otra cosa si sigues ahí.
-Aquí hay una nota para mademoiselle -dijo Felice, acercándose en aquel momento a la ventana.
-No es justo -dijo el vendedor de caramelos, levantando las barras de su carrito y alejándose con él.
Se había desplazado unos cuantos metros, cuando se detuvo. Una serie de gritos agudos salieron de la ventana de mademoiselle. Regresó a toda prisa. Oyó el ruido de un cuerpo que caía al suelo y el sonido de unos tacones que parecían patalear sobre él.
-¿Qué pasa? -gritó.
El rostro severo de Sidonie se asomó a la ventana.
-Mademoiselle ha recibido malas noticias -dijo-. Aquel a quien ella amaba con toda el alma se ha marchado. Habrá usted oído hablar de él, se trata de monsieur Ives. Zarpa mañana en un barco hacia el otro lado del océano. ¡Ay, cómo son ustedes los hombres!

Notas: 


[1] Se refiere a Némesis la diosa griega de la venganza, entendida como justicia distributiva.
[2] A fines del siglo XIX y principios del XX se vivió el auge de los viajes trasatlánticos de lujo, donde viajaban las familias de alta sociedad.; tal fue el caso del Titanic.
[3] A principios del siglo XX en Norteamérica el boxeo había adquirido proporción de espectáculo de masas, convirtiendo a los campeones en ídolos populares.
[4] La compra de automóviles a principio del siglo XX era un signo distintivo del mayor lujo, exclusivo de la alta sociedad.
[5] Indica un protagonismo de una estrella de espectáculos audaz y noctámbula, un objeto femenino del deseo, en boga por esos años.
[6] Referencia a la del mito de Pigmalión quien produjo una estatua femenina perfecta y se convirtió en su amada Galatea; el milagro es la conversión del mármol en mujer, según el relato de las Metamorfosis de Ovidio. Hay otro personaje griego, con una ninfa de trágico destino, la de La fábula de Polifemo y Galatea que cantó Calderón de la Barca.

viernes, 9 de marzo de 2018

"NO TE DES POR VENCIDO..." POEMA DE ALMAFUERTE



Los siguientes poemas de Almafuerte, se agrupan como "Siete sonetos medicinales" o se presentan por separado los más conocidos, en especial, el que comienza "No te des por vencido...", titulado "¡Pui Avanti!". El seudónimo Almafuerte es el más conocido de Pedro Bonifacio Palacios, poeta argentino que transitó entre el siglo XIX al XX, ampliamente reconocido por sus intensidades emocionales.  


¡ AVANTI !

Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas;
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.
Obcecación asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura
que no mellan los garfios de la suerte ...
¡ Todos los incurables tienen cura
cinco minutos antes de su muerte !

¡ PIU AVANTI !

No te des por vencido, ni aún vencido,
no te sientas esclavo, ni aún esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y acomete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua, y no la implora...
Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza !

¡ MOLTO PIU AVANTI !

Los que viertan sus lágrimas amantes
sobre las penas que no son sus penas;
los que olvidan el son de sus cadenas
para limar las de los otros antes;
los que van por el mundo delirantes
repartiendo su amor a manos llenas,
caen, bajo el peso de sus obras buenas,
sucios, enfermos, trágicos, sobrantes.
¡Ah! Nunca quieras remediar entuertos;
nunca sigas impulsos compasivos;
ten los garfios del Odio siempre activos
y los ojos del juez siempre despiertos...
y al echarte en la caja de los muertos,
menosprecia los llantos de los vivos !

¡ MOLTO PIU AVANTI ANCORA !

Esta vida mendaz es un estrado
donde todo es estólido y fingido,
donde cada anfitrión guarda escondido
su verdadero ser tras el tocado:
No digas tu verdad ni al más amado,
no demuestres temor ni al más temido,
no creas que jamás te hayan querido
por más besos de amor que te hayan dado.
Mira cómo la nieve se deslice
sin una queja de su labio yerto,
cómo ansía las nubes del desierto
sin que a ninguno su ansiedad confíe:
Maldice de los hombres, pero ríe;
vive la vida plena, pero muerto.

¡ MOLTISIMO PIU AVANTI ANCORA !

Si en vez de las estúpidas panteras
y los férreos, estúpidos leones,
encerrasen dos flacos mocetones
en la frágil cárcel de las fieras:
No habrían de yacer noches enteras
en el blando pajar de sus colchones,
sin esperanzas ya, sin reacciones,
lo mismo que dos plácidas horteras;
Cual Napoleones pensativos, graves,
no como el tigre sanguinario y maula,
escrutarían palmo a palmo su jaula,
buscando las rendijas, no las llaves...
Seas el que tú seas, ya lo sabes:
a escrutar las rendijas de tu jaula !

¡ VERA VIOLETA !

En pos de su nivel se lanza el río
por el gran desnivel de los breñales;
el aire es vendaval, y hay vendavales
por la ley del no fin, del no vacío;
la más hermosa espiga del estío
ni sueña con el pan en los trigales;
el más dulce panal de los panales
no declaró jamás: yo no soy mío;
y el sol, el padre sol, es raudo foco
que fomenta la vida en la Natura,
por calentar los polos no se apura,
ni se desvía un ápice tampoco:
¡ Todo lo alcanzarás, solemne loco...
siempre que lo permita tu estatura !

LA YAPA

Como una sola estrella no es el cielo,
ni una gota que salta, el Océano,
ni una falange rígida, la mano,
ni una brizna de paja, el santo suelo:
tu gimnasia de jaula no es el vuelo,
el sublime tramonto soberano,
ni nunca podrá ser anhelo humano
tu miserable personal anhelo.
Qué saben de lo eterno las esferas ?
de las borrascas de la mar, las gotas ?
de puñetazos, las falanges rotas ?
de harina y pan, las pajas de las eras ?...
¡ Detén tus pasos Lógica, no quieras
que se hagan pesimistas los idiotas !



sábado, 6 de enero de 2018

“NO TE DETENGAS” DE WALT WHITMAN







Presentación
 
El siguiente texto se atribuye a Walt Whitman, cuando parece ser una composición de sus poemas en base a las frases y pasajes de la película “La sociedad de los poetas muertos”. Resulta una excelente composición que se ha integrado rápidamente en la cultura popular y la sensibilidad actual. Varios poemarios lo integran entre lo más selecto del autor norteamericano, pero no está verificado entre su obra original, reunida en Hojas de hierba.  
 


No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer
de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida.



English original poem:

Do not let the day end without having grown a bit, without being happy,
without having risen your dreams.
Do not let overcome by disappointment.
Do not let anyone you remove the right to express yourself,
which is almost a duty.
Do not forsake the yearning to make your life something special.
Be sure to believe that words and poetry it can change the world.
Whatever happens, our essence is intact.
We are beings full of passion. Life is desert and oasis.
We breakdowns, hurts us, teaches us, makes us protagonists of our own history.

Although the wind blow against the powerful work continues:
You can make a stanza. Never stop dreaming, because in a dream, man is free.

Do not fall into the worst mistakes: the silence.
Most live in a dreadful silence. Do not resign escape.
"Issued by my screams roofs of this world," says the poet.

Rate the beauty of the simple things.
You can make beautiful poetry on little things, but we can not row against ourselves. That transforms life into hell.

Enjoy the panic that leads you have life ahead. Live intensely, without mediocrity.
Think that you are the future and facing the task with pride and without fear.
Learn from those who can teach you. The experiences of those who preceded us in our "dead poets", help you walk through life.
Today's society is us "poets alive." Do not let life pass you live without that. 




sábado, 23 de diciembre de 2017

RIMA V DE GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER




Presentación

Entre las muchas afamadas rimas en las cuales Bécquer define a la poesía y la actividad del poeta, se encuentra esta Rima numerada con el V de su fama póstuma bajo el título de Rimas y leyendas. Con breve trazo recorre los confines del universo y del sentimiento, salta de la mitología a la realidad, para atrapar lo inasible, escuchar lo inaudible y mirar lo invisible que desborda en la actividad del poeta. Siguiendo la tradición romántica sobre la inspiración indefinible en el acto poético, nos regala esta impetuosa descripción.

Rima V

Espíritu sin nombre, indefinible esencia, yo vivo con la vida sin formas de la idea.

Yo nado en el vacío, del sol tiemblo en la hoguera, palpito entre las sombras y floto con las nieblas.

Yo soy el fleco de oro de la lejana estrella, yo soy de la alta luna la luz tibia y serena.

Yo soy la ardiente nube que en el ocaso ondea; yo soy del astro errante la luminosa estela.

Yo soy nieve en las cumbres, soy fuego en las arenas, azul onda en los mares y espuma en las riberas.

En el laúd soy nota, perfume en la violeta, fugaz llama en las tumbas y en las ruinas hiedra.

Yo atrueno en el torrente y silbo en la centella, y ciego en el relámpago y rujo en la tormenta.

Yo fío en los alcores, susurro en la alta hierba, suspiro en la onda pura y lloro en la hoja seca.

Yo ondulo con los átomos del humo que se eleva y al cielo lento sube en espiral inmensa.

Yo en los dorados hilos que los insectos cuelgan, me mezo entre los árboles era la ardorosa siesta

Yo corro tras las ninfas que en la corriente fresca del cristalino arroyo desnudas juguetean.

Yo en bosques de corales, que alfombran blancas perlas, persigo en el océano las náyades ligeras.

Yo, en las cavernas cóncavas, do el sol nunca penetra mezclándome a los nomos contemplo sus riquezas.

Yo busco de los siglos las ya borradas huellas, y sé de esos imperios de que ni el nombre queda.

Yo sigo en raudo vértigo los mundos que voltean y mi pupila abarca la creación entera.

Yo sé de esas regiones a do un rumor no llega, y donde informes astros de vida un soplo esperan.


Yo soy sobre el abismo el puente que atraviesa; yo soy la ignota escala que el cielo une a la tierra.

Yo soy el invisible anillo que sujeta el mundo de la forma al mundo de la idea.

Yo, en fin, soy ese espíritu, desconocida esencia, perfume misterioso, de que es vaso el poeta.